El poder redentor de la Expiación

Discurso - Abril de 2016, TGN.

Uno de los títulos de Jesucristo más conocidos, aunque quizás menos comprendidos, es el de REDENTOR. La Guía de Estudio de las Escrituras nos enseña: Jesucristo es el gran Redentor de la humanidad porque, mediante Su expiación, pagó el precio por los pecados e hizo posible la resurrección de todo el género humano.
En su definición, la palabra REDIMIR tiene varias acepciones, y todas ellas cobran un sentido especial al buscar referencias y similitudes con el sacrificio que hizo por nosotros el Salvador.

PRIMERO: Comprar de nuevo, mediante precio, algo que se había poseído – Todos los seres humanos nacidos en esta tierra pertenecimos una vez a Dios en un sentido muy real. El presidente Joseph F. Smith enseñó: “Todo hombre y mujer es literalmente hijo o hija de Dios […]; el hombre, como espíritu, fue engendrado por padres celestiales, nació de ellos y se crio hasta la madurez en las mansiones eternas del Padre antes de venir a la tierra […]” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, 1999, pág. 360).
Entonces, la pregunta que les hago es: ¿hemos dejado de pertenecer a Dios? Y, si es así, ¿en qué momento sucedió?
Alma explicó a su hijo Coriantón acerca de la caída de Adán y de cómo, al participar del fruto prohibido, “… le fue señalado al hombre que muriera […] y el hombre se vio perdido para siempre; sí, se tornó en hombre caído” (Alma 42:6). Y habiendo caído, la descendencia de Adán y Eva dejaron de pertenecer a Dios.
Parecería ser que el adversario habría ganado la batalla, puesto que aquel hombre creado a la imagen de Dios, se vio sometido, por causa de su transgresión, al pecado y a la muerte, sin posibilidad alguna de volver limpio y puro a la presencia del Padre Celestial.
Sin embargo, Dios había previsto proporcionarnos un Salvador, Jesucristo, que pagaría el precio de nuestros pecados y derramaría Su sangre perfecta como precio por nuestras rebeliones. Pablo enseñó en su primera epístola a los Corintios: “¿… no sabéis […] que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:19-20). La redención de Cristo, literalmente nos recuperó para nuestro Padre Celestial de nuestro estado caído. Él pagó el precio con Su sangre. Y bajo las condiciones del arrepentimiento y la obediencia, nos redimió.

SEGUNDO: Rescatar o sacar de esclavitud al cautivo – ¡Cuán agradecidos debemos estar por la Expiación que nos libra de la esclavitud!
No sé si han visto la película que ha ganado este año el Óscar a “Mejor Película”. Se llama “Doce años de esclavitud”.
Basada en un hecho real ocurrido en 1850, narra la historia de Solomon Northup, un culto músico negro y hombre libre que vivía con su familia en Nueva York. Tras compartir una copa con dos hombres aparentemente de confianza, Solomon descubre que ha sido drogado y vendido como esclavo en el Sur, en una plantación de Louisiana. Solomon contempla cómo todos a su alrededor sucumben a la violencia, al abuso emocional y a la desesperanza. Pero él decide esperar a que se presente el momento adecuado para intentar recuperar su libertad y reunirse con su familia.
La esclavitud de este hombre duró doce años. A diferencia de él, muchos de nosotros a menudo nos rendimos a la desesperanza. El momento adecuado para recuperar la libertad es ahora y la manera es Cristo.
Si llegásemos a entender, o pudiésemos recordar, que somos “hombres libres” y que nuestro derecho y privilegio es levantarnos por encima de la esclavitud para heredar, junto con nuestra familia, la Vida Eterna, buscaríamos constantemente a ese Jesús que vino al mundo para redimirnos, y lo hallaríamos.

TERCERO: Poner término a alguna vejación, dolor, penuria u otra adversidad o molestia. Sabemos que la Expiación puede hacer eso, pero nos resulta más difícil entender cómo, y solemos pensar que, para nuestra situación o tribulación particular no hay solución. Sin embargo, en un discurso pronunciado recientemente por el élder Richard G. Scott, él enseñó que, lo más importante que podemos hacer es aprender a reconocer el poder de la expiación de Jesucristo en nuestra vida.
Hay una historia del Libro de Mormón que habla de cómo Ammón y sus hermanos enseñaron el Evangelio a “un pueblo salvaje, empedernido y feroz”. Este pueblo había sido criado desde la infancia en el odio y la brutalidad. Habían asesinado y se habían deleitado en el derramamiento de la sangre de sus hermanos.
Pero al escuchar el evangelio de Jesucristo muchos de ellos se arrepintieron y fueron bautizados. Gracias a la luz que recibieron en su vida vieron con claridad la gravedad de la conducta que habían llevado hasta ese momento e hicieron un convenio especial con el Señor de que nunca, bajo ninguna circunstancia, volverían a tomar las armas de guerra o, como ellos las llamaron, “sus armas de rebelión”.
Los lamanitas convertidos, conocidos como el pueblo de Ammón o los anti-nefi-lehitas, empezaron a habitar en la tierra de Jersón, bajo la protección de sus hermanos los nefitas. Sin embargo, muchos años después, los ejércitos nefitas estaban muy debilitados y el pueblo de Ammón comenzó a sentirse apesadumbrado por no poder servir como refuerzo a sus hermanos, que tanto bien les habían hecho. Llegaron a un punto crítico de su vida espiritual cuando comprendieron que tenían una responsabilidad ante sus hermanos y ante Dios de defender su país y su libertad y de proteger a su familia, y que Dios comprendería que quebrantaran su convenio.
Sin embargo, Helamán, que era su líder del sacerdocio, sabía que no hay justificación para quebrantar un convenio con el Señor, y les ofreció una solución inspirada. Les recordó que sus hijos nunca habían sido culpables del mismo pecado que ellos y que, por lo tanto, no les había sido necesario concertar el mismo convenio. Aunque eran muy jóvenes, eran íntegros y puros, y bajo la dirección del profeta tomaron el lugar de sus padres en defensa de su familia y sus hogares.
Dice el élder Scott que los acontecimientos que rodearon esa importante decisión demuestran cómo la expiación de Jesucristo brinda fortaleza personal a los hijos de Dios. ¿Cómo se habrán sentido esos padres al saber que sus acciones rebeldes del pasado les impedían proteger a sus esposas e hijos en ese momento de necesidad? ¿Acaso no habían sido redimidos de sus pecados pasados y no llevaban décadas llevando vidas justas?
“Una verdad fundamental es que somos limpiados mediante la expiación de Jesucristo. Sin embargo, en ocasiones, nuestras malas decisiones traen consecuencias a largo plazo. Uno de los pasos esenciales para completar el arrepentimiento es enfrentar las consecuencias de nuestros pecados del pasado a corto y a largo plazo. Las decisiones pasadas de esos padres los habían expuesto al odio y la violencia, los cuales podían volver a ser un punto vulnerable que Satanás trataría de aprovechar” (Élder Richard G. Scott, La fortaleza personal mediante la expiación de Jesucrito, Conferencia General de octubre de 2013).
Sin duda, se puede tener cierta consideración hacia los padres ammonitas, pues sus padres les habían enseñado falsas tradiciones; pero independientemente de la causa de sus hechos pecaminosos, la consecuencia fue que adquirieron una vulnerabilidad espiritual que Satanás trataría de explotar.
La expiación del Salvador no sólo los limpió del pecado, sino que, en virtud de su obediencia al consejo de su líder del sacerdocio, Él pudo protegerlos de su debilidad y fortalecerlos. Su humilde e imperecedero compromiso de abandonar sus pecados protegió más a sus familias que cualquier otra cosa que pudieran hacer en el campo de batalla. Su sumisión no los privó de las bendiciones, sino que los fortaleció y bendijo a muchas generaciones futuras.
Igualmente, cada uno de nosotros ha tomado malas decisiones y todos necesitamos desesperadamente el poder redentor de la expiación de Jesucristo. Muchos de nosotros hemos permitido que las debilidades se arraiguen en nuestro carácter; pero mediante la expiación de Jesucristo podemos, como los ammonitas, edificar fortificaciones espirituales entre nosotros y cualquier error del pasado que Satanás trate de explotar.
Así, la expiación de Jesucristo tiene poder para redimirnos de nuestros pecados y lo hace por medio de los convenios que concertamos, al aferrarnos con exactitud a ellos. Es entonces cuando, de alguna manera, el Señor, tal vez por medio de los líderes del sacerdocio o de alguna otra manera, obra el milagro en nuestra vida y transforma nuestra debilidad en fortaleza y de esta manera nos santifica y nos justifica.
Es la obediencia a nuestros convenios hasta el final de nuestros días y bajo cualquier presión la que permite que la Expiación tenga un poder real para perfeccionarnos y libraros de cualquier vejación, dolor, penuria u otra adversidad o molestia. No sabemos cómo se llevará a cabo, pero podemos tener la seguridad de que Jesucristo lo hará posible de alguna manera. Y entonces, tal como el antiguo Israel, veremos la salvación de Dios.
Recientemente, el élder Reina, Setenta de Área, me escribió unas palabras de consuelo que me gustaría compartir: “Espero que te sientas mejor y que siempre recuerdes que no estás sola y que esta no es tu obra sino la de Dios. Tu obra es cumplir los mandamientos y hacer lo mejor que puedas, y si lo haces así, Dios no te pide más y Él hace el milagro y las cosas salen adelante. Confía en Él. Tienes una vida llena de oportunidades de servir. Que no te asuste el trabajo, ni las horas, ni el cansancio, lo importante es que cuando caigas rendida en la cama, caigas feliz porque el Espíritu ha estado contigo y Él te ha aliviado la carga. Cuenta conmigo cada vez que lo necesites, pero recuerda contar con Él cada día a cada hora. La expiación funciona. Él lleva todas tus cargas y tú, a cambio de tu fidelidad, te sentirás flotando y feliz”.
“Yo sé que mi Redentor vive […] y aún he de ver en mi carne a Dios” (Job 19:25-26).

Comentarios

Entradas populares de este blog

Un elogio a los que salvan

El amor por el Salvador y nuestros semejantes, motivación para ministrar

Jehová hará mañana maravillas entre vosotros