El amor por el Salvador y nuestros semejantes, motivación para ministrar
Por Marta Fernández-Rebollos Herrero
Tarragona, 8 de septiembre de 2019
Buenos días, hermanos y hermanas. El título del discurso que se me ha asignado es:
El amor por el Salvador y nuestros semejantes, motivación para ministrar.
Por alguna razón, mientras preparaba este discurso, me venía a la mente algo que yo pensaba que no tenía mucho que ver con este tema. Pero a lo largo de estas dos semanas he podido darme cuenta de que la esencia de lo que se nos pide que hagamos para ministrar a nuestros hermanos se encuentra en el tema que una y otra vez venía a mi mente, y que tiene que ver con la vida preterrenal y el concilio de los cielos. Así que permítanme comenzar mi discurso recordando algunas cosas acerca de nuestra vida antes de venir a la tierra. El élder Dale G. Renlund lo explicó así en un artículo de la Liahona:
“En los reinos preterrenales se te enseñó el plan de Dios, y tú lo aceptaste. Esa no debió ser una decisión fácil. Una tercera parte de los hijos del Padre Celestial rechazaron el plan, pero tú deseabas venir a la tierra, recibir un cuerpo y usar tu albedrío para elegir seguir ese plan. Dios sabía, y tú sabías también, que en esta tierra cometerías errores y pecados, los cuales te impedirían permanentemente vivir en la presencia de Dios a menos que pudieras ser redimido. El plan de Dios dispuso que Jesucristo fuera tu Redentor. Él expió tus pecados para permitir que el plan de salvación de Dios obrase a tu favor. Él pagó el precio supremo para poder ‘reclamar del Padre sus derechos de misericordia’ sobre ti”.
¿Han pensado realmente en lo que tuvo que ser tomar una decisión como esa? Vivíamos en nuestro hogar celestial, bajo la protección y el cuidado de nuestro Padre Celestial, pero para progresar se nos propuso alejarnos de Él, y esa oportunidad implicaba una cosa segura: Que en un mundo tan caído como este al que vendríamos, íbamos a pecar. Y otra cosa era cierta: el más mínimo grado de pecado iba a alejarnos de Dios por toda la eternidad. ¿Quién querría asumir ese riesgo? Es lógico que un tercio de los hijos de Dios no quisieran hacerlo. ¿Qué pasaba si Jesucristo no era capaz de soportar el dolor infinito y eterno de la expiación de nuestros pecados? ¿Podía fallar Él? ¿Y nosotros? ¿Seríamos capaces de perseverar en nuestra fe en Él hasta el fin?
Sin duda la decisión que tomamos de aceptar el plan de Dios para nuestro progreso eterno requirió un EXTRAORDINARIO VALOR por nuestra parte, un TESTIMONIO FIRME EN EL SACRIFICIO que un día Jesucristo llevaría a cabo y una CONFIANZA PLENA EN EL AMOR INFINITO Y PERFECTO que nuestro Salvador tenía por nosotros. Y ese amor hacía que fuese imposible que Él fallara.
Después de eso comenzó otra lucha encarnizada: la de Satanás y sus huestes para hacer a los hombres y a las mujeres miserables como él. En Efesios 6:12, Pablo enseñó: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes”. Es en medio de esta lucha en la que nuestro Profeta, el presidente Russell M. Nelson nos ha pedido que nos protejamos y nos cuidemos los unos a los otros o, en otras palabras, que nos ministremos.
Ministrar es cuidar, velar, unir, hacer la obra del templo por nuestros antepasados, predicar y protegernos de esa lucha feroz de nuestro adversario por apartarnos del amor de Dios y arrancarnos a las personas a las que amamos. ¿Es nuestro amor tan real, tan firme e incondicional como el del Salvador, que nuestros seres queridos saben que no les vamos a fallar?
Hay un himno que dice del Señor: “Con infinito amor Él nos busca”. Aunque nuestro amor está muy lejos de ser infinito y perfecto como el Suyo, Él nos pide que procuremos desarrollar ese amor para buscar a quienes están o se sienten perdidos. Creo que la ministración es como la ley menor de la Expiación. Aunque solo Jesucristo podía salvarnos eternamente de la muerte y del pecado, nosotros podemos aliviar con amor las cargas los unos de los otros.
Otro himno dice: “Él nos invita al bello puerto”. Unos buenos amigos estuvieron hace poco en un crucero por las Bahamas. Lo que prometía ser un tiempo de diversión y descanso se vio amenazado por un tornado que los mantuvo en alta mar varios días más de los previstos. Tuvieron que hacer ajustes. Perdieron su vuelo de regreso a España, no pudieron incorporarse al trabajo a tiempo… Aunque pasar gratuitamente unos días más en un crucero por las Bahamas podría ser un buen sueño, lo cierto es que ellos deseaban llegar a tierra firme y encontrarse en un puerto seguro: en un bello puerto. Nuestro corazón y nuestro hogar deben ser ese bello puerto donde todos puedan hallar tranquilidad y refugio. En su discurso de la pasada conferencia general, el élder Quentin L. Cook enseñó: “La enseñanza en nuestros hogares debe ser CLARA y CONVINCENTE, pero también ESPIRITUAL, ALEGRE y LLENA DE AMOR”. ¿Nos olvidamos en ocasiones de la alegría y del amor cuando enseñamos a nuestros hijos o tratamos de ayudar a personas que podríamos decir que son “difíciles”?
En Moisés, capítulo 7, aprendemos una doctrina muy interesante. Cuando Dios vio la maldad que había en la tierra, entre aquellos a quienes Él había creado, el versículo 29 nos enseña que lloró: “Y dijo Enoc al Señor: ¿Cómo es posible que tú llores, si eres santo, y de eternidad en eternidad?”.
¿Cuál creen que sería la respuesta correcta?
a) Porque Dios no soporta que no le hagan caso.
b) Porque Satanás iba ganando.
c) Por otra razón.
Seguimos en los versículos 36 y 37: “… de entre toda la obra de mis manos jamás ha habido tan grande iniquidad como entre tus hermanos. Mas he aquí, sus pecados caerán sobre la cabeza de sus padres. Satanás será su padre, y miseria su destino; y todos los cielos llorarán sobre ellos…; por tanto, ¿no han de llorar los cielos, viendo que estos han de sufrir?”.
Así que aquí está la respuesta. La verdadera razón por la que los cielos lloran cuando nosotros pecamos es porque Dios nos ama de una manera que solo podemos imaginar si pensamos en el amor que sentimos por nuestros hijos, y en el conocimiento que como padres tenemos de que, si toman decisiones que los alejan de Dios, van a sufrir.
Creo que es fundamental que nuestros amigos fuera de la Iglesia, nuestros hermanos de la Iglesia y nuestros hijos y otros familiares queridos sepan con todo su corazón que, a pesar de todo y pase lo que pase, los amamos. Y por eso vamos a velar por ellos y a protegerlos. Nuestro Padre Celestial nos espera con los brazos abiertos. Nuestro Salvador vino al mundo para pagar por nuestros pecados. ¡No podemos fallarnos los unos a los otros!
Para acabar, voy a contarles una experiencia personal. Hace un tiempo, una de mis hijas queridas hizo algo que estaba mal. Inmediatamente me sentí súper dolida. Me sentí frustrada. Estaba muy enfadada con ella. Sabía que era mi responsabilidad enseñarle los principios correctos, y que para eso tenía que hablar con ella y tal vez hablarle duramente. No me apetecía nada tener esa conversación, así que oré para que el Señor me ayudara a pasar el trago.
La respuesta del Señor vino a mí con absoluta claridad: “Ella no es tu enemiga. No es ella contra quien estás luchando. Ella es mi preciosa hija y solo está haciendo lo mejor que puede en un mundo muy difícil. Yo he pagado por sus errores, si se arrepiente, y solo tú la amas tanto como para enseñarla y rescatarla”. Como enseñó Pablo: “… no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo…”. Nuestro enemigo no es nuestro hermano, aunque pueda hacernos daño; en cambio, nuestro Padre Celestial e innumerables concursos de ángeles son nuestros aliados. Nuestra misión es llegar de nuevo a Su presencia junto con nuestra familia, nuestros amigos y todos aquellos que el Señor pone en nuestro camino.
Y concluyo con las últimas palabras del discurso de élder Quentin L. Cook: “Prometo que, al centrarnos en nuestro amor por el Salvador y Su expiación, al hacer de Él el centro de nuestros esfuerzos… para ministrar a los demás y prepararnos individualmente para comparecer ante Dios, la influencia del adversario disminuirá y el gozo, el deleite y la paz del Evangelio magnificarán nuestros hogares con amor semejante al de Cristo”. Sé con todo mi corazón que estas cosas son verdaderas y las comparto en el nombre de Jesucristo, amén.
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