Un elogio a los que salvan

 

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Discurso Reunión Sacramental, 31 de diciembre de 2017
Por Marta Fernández-Rebollos Herrero
Basado en un discurso del presidente Dieter F. Utchdorf

En nuestra sociedad actual, y seguramente lo hemos podido ver aumentado en estas fechas navideñas, tendemos a desechar las cosas que ya no nos sirven o que han quedado anticuadas para sustituirlas rápidamente por algo más nuevo, más brillante o más moderno. Aunque puede ser bueno deshacernos de las cosas materiales que ya no necesitamos, cuando se trata de algo de importancia eterna la mentalidad de remplazar lo original en pos de lo moderno puede traer un profundo remordimiento. Entre esas cosas que son de importancia eterna se encuentra nuestro matrimonio, nuestra familia y nuestros valores.
Pero ¿qué sucede cuando es nuestro matrimonio lo que ya no funciona, o nuestra familia lo que comienza a averiarse, a tener desperfectos o a no ser lo que habíamos esperado que fuera? Cuando sentimos que no hay solución, ¿no sería razonable y legítimo buscar sustitutos y perseguir nuestros sueños?
Esta mañana me gustaría hablar de algunas cosas imperfectas que, por la fe de los que las usaron, cumplieron su función y bendijeron a muchos. Para ello voy a usar dos relatos de las Escrituras y me gustaría que se fijasen en lo que hizo que esos objetos imperfectos se convirtieran en una bendición para los protagonistas de cada historia.
1º En el libro de Éter: “Y el hermano de Jared subió al monte, y de una roca fundió dieciséis piedras pequeñas; y las llevó en sus manos a la cima del monte, y nuevamente clamó al Señor, diciendo: ¡Oh Señor!, ten piedad de mí y no permitas que atraviese este furioso abismo en la obscuridad. Por tanto, toca estas piedras con tu dedo y disponlas para que brillen en la obscuridad; y nos iluminarán en los barcos que hemos preparado. Y después que el Señor hubo preparado las piedras, el hermano de Jared descendió del monte, y colocó las piedras en los barcos que se habían preparado. Y el Señor hizo que las piedras brillaran en las tinieblas para dar luz a los hombres, mujeres y niños, a fin de que no atravesaran las grandes aguas en la obscuridad”. Así, que unas pequeñas piedras cumplieron un propósito superior, gracias a la intervención del Señor.
2º En el primer libro de Nefi: “Y yo, Nefi, al salir a cazar, rompí mi arco, que era de acero fino. Y volvimos sin alimento a nuestras familias, y por estar muy fatigadas, sufrieron mucho por la falta de víveres. Y aconteció que yo, Nefi, hice un arco de madera, y una flecha de un palo recto; por tanto, me armé con un arco y una flecha, y con una honda y piedras. Y ascendí hasta la cima de la montaña conforme a las indicaciones dadas sobre la esfera (que nos guiaba según la fe y diligencia que nosotros le dábamos). Y sucedió que maté animales silvestres, de modo que obtuve alimento para nuestras familias; y cuando vieron que había obtenido alimento, ¡cuán grande fue su gozo! Y se humillaron ante el Señor y le dieron gracias”. En este caso, un arco de madera y una flecha hecha con un palo, tan diferentes de los de acero fino a los que estaba acostumbrado, sirvieron también para los propósitos de Nefi y los del Señor.
De algún modo, es como si en esta vida nos dieran unas piedras pequeñas y un arco de madera, y lo que el Señor nos pide es que guardemos, conservemos y protejamos esos dones imperfectos, que cumplirán su función en nuestra vida, y nos promete que Él hará que un día sean perfectos. Sin embargo, al igual que en la párabola de los talentos, no debemos resignarnos y cruzarnos de brazos. Para guardar, proteger  y conservar nuestro matrimonio y nuestra familia es necesario un trabajo constante y deliberado. La doctrina de las familias eternas debe inspirarnos a hacer nuestro mejor esfuerzo por salvar y enriquecer nuestro matrimonio y a nuestra familia. “Hoy, deseo elogiar a aquellos que salvan”, dice el presidente Utchdorf en su discurso; luego da algunas pautas para lograrlo, y estos principios para salvar las relaciones se aplican a todos nosotros, no importa si estamos casados, divorciados o si somos viudos o solteros. Todos podemos ser salvadores de familias fuertes.
Salvar nuestro matrimonio
Dice: “Quienes salvan el matrimonio, quitan la mala hierba y riegan las flores”. Si no podemos quitar la mala hierba en nuestro cónyuge (y con frecuencia no podemos), la debemos quitar de nuestro pensamiento y de nuestro foco de atención. En cuanto a regar las flores, a veces se nos pide que reguemos flores que todavía no han salido. Hace unos días observé que, en mi jardín y en pleno mes de diciembre, brotaron unas maravillosas flores. Tenían un intenso color amarillo y se veían lenas de vigor. La cuestión es que yo ni siquiera me acordaba de que unos meses antes, había plantado unos bulbos en esa zona del jardín. Afortunadamente en este caso la naturaleza hizo su parte y compensó mi olvido, e hizo que esas flores brotaran a su tiempo, convirtiéndose en un deleite para mí. Regar unas flores que aún no han salido requiere fe. El presidente Utchdorf continúa diciendo: “Recuerden por qué se enamoraron. Esfuércense cada día para que su matrimonio sea más fuerte y más feliz… Hagamos nuestro mejor esfuerzo por encontrarnos entre las almas benditas y felices que salvan su matrimonio”.
Aunque desgraciadamente vemos muchos matrimonios que acaban en divorcio, sería maravilloso conocer la historia que hay detrás de aquellos que llegan juntos a viejecitos. Nos sorprendería saber que muchos de ellos pasaron por momentos en que pensaron que el divorcio sería la mejor opción y ahora se regocijan por haber perseverado y haber esperado tiempos mejores, que luego llegaron.  
Salvar a nuestra familia
Dice el presidente Utchdorf que toda familia tiene sus momentos incómodos. Yo diría que muchas hacen frente a grandes problemas, incluso tragedias. “Quienes salvan sus familias tienen éxito porque buscan el consejo de su cónyuge y de su familia, procuran la voluntad del Señor y escuchan las impresiones del Espíritu Santo”. Creo que es importante destacar que, el único consejo que importa (y la única opinión, diría yo) si deseamos salvar a nuestra familia es el de nuestro cónyuge y el de otros miembros de nuestra familia. Cada familia debe procurar la voluntad del Señor en las circunstancias que solo ellos conocen y comprenden en su plenitud, y escuchar las impresiones del Espíritu Santo.
“Cualesquiera que sean los problemas que enfrente su familia, sea lo que sea lo que deban hacer para solucionarlos, el principio y el fin de la solución es la caridad... Sin ese amor, hasta las familias que parecen perfectas sufren. Con él, hasta las familias con grandes dificultades salen adelante”.
Otra clave que nos da el presidente Utchdorf es que “quienes salvan su matrimonio entienden que este trayecto requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, las bendiciones de la expiación de Jesucristo”. Y esto me recordó una historia que leí hace tiempo y que creo que refleja muy bien cuánto necesitamos la gracia del Salvador y Su expiación para poder salvar a nuestra familia:
Una tarde estaba cargando el auto para llevar y traer a mis cinco hijos a lecciones y prácticas cuando me fijé en una pata que caminaba por la acera con sus patitos. Mientras los observaba, comenzaron a cruzar la calle. Desafortunadamente, la pata escogió una alcantarilla para cruzar y sus bebés la siguieron. Cuatro de sus patitos cayeron por entre las rejillas de la alcantarilla. Cuando la madre se dio cuenta de que le faltaban algunos de sus pequeñitos, sin darse cuenta de su error volvió a pasar por la alcantarilla en busca de sus patitos perdidos y perdió dos más. Sintiéndome un poco indignada por el poco criterio que demostró la pata, me subí al auto mientras susurraba con tono de superioridad: “No merece ser madre”.
Durante la siguiente hora y media cometí muchos de mis repetidos errores como madre; errores por los que he suplicado ser perdonada muchas veces. Siempre tengo la resolución de ser mejor y no volver a caer en esas debilidades. Mis palabras resonaron fuertemente en mis oídos: “No merece ser madre”. De pronto sentí una compasión enorme por esa mamá pata. Estaba intentando ir por el mundo con los instintos que se le habían dado, al igual que yo. Pero a veces esos instintos simplemente no eran suficientes, y eran nuestros hijos los que sufrían.
Decidí quitar la rejilla y sacar a los patitos. Al doblar la esquina, vi que mi vecino había quitado la rejilla, entrado al túnel de la alcantarilla, y estaba sacando con cuidado a los patitos para ponerlos en un lugar seguro. Los asustados patitos salieron corriendo a buscar a su madre, que caminaba nerviosa en un arbusto cercano. Ella no había pedido ayuda, pero mi vecino había intervenido cuando la protección que ella podía darles simplemente no había sido suficiente. Me sentí conmovida al pensar que el Salvador hacía lo mismo por mis hijos y por mí.
A veces nos quedamos cortos, aun teniendo las mejores intenciones y poniendo nuestro mejor esfuerzo. Pero “basta [la] gracia [del Salvador] a todos los hombres que se humillan ante [Él]. Me consuela saber que mis defectos no arruinarán a mis hijos y que serán los receptores del amor, de la paz, la comprensión y la gracia de nuestro Salvador. Él “me da Su mano” y quiere que mi familia y yo tengamos éxito. Nuestros defectos no prevalecerán cuando nos humillemos y estemos con el Señor a nuestro lado.

Hay un himno que dice que el Salvador ganó “nuestras almas con amor”. Jesucristo es nuestro Maestro. Su obra es nuestra obra, y es una obra de salvación que comienza en nuestro hogar. Sea cual sea el sacrificio que se requiera, valdrá la pena cuando regresemos agotados y maltrechos con nuestros matrimonios y nuestras familias imperfectas ante nuestro Padre Celestial y Él elogie nuestros esfuerzos por haberle llevado de vuelta lo que es más importante, y lo hayamos salvado.
En el nombre de Jesucristo, amén.

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